sábado, 18 de diciembre de 2010

El domingo que pasó
antes de dormir
pedí
no sé a quien
ni de que modo,
no sé si a Dios
no sé si a mi Abuelo,
pero pedí
tres cosas;
pasar un ramo,
salir campeón
y que vuelvas.
Que la semana volviera
a la belleza,
exiliada a la memoria,
alquilada por otros,
deleite del forastero.

Y se auspicia el destino,
con el ramo
y una copa
pero no con tu voz,
esa casi tierna por antonomasia,
pero no con lo que creemos
tuvimos en algún fugaz.

Y no sé como haces
en realidad
para verte tanto sin mi,
no sé como sobrellevas
por que yo
por poco no vale la semana
- por no decir francamente nada-,
por poco y secuestro
a la navidad
y eutanasio a los días
que tan mal se duermen
después que no te veo.

Y tu no voz me duele.
Me apaga
y creo haberme dado cuenta que
el amor es un repentino
una sorpresa que no sorprende
hasta que razona con la distancia.
Tan poco tiempo y tanto oxígeno resultas.
Supongo que
habrán sido los días de oso
y las avellanas de monumentos.
Los no cigarros,
los no carretes
y las mordidas con veneno.

Desesperado en este
sopor de no ser exagerado
no atrevido y feroz en buscarte,
encerrado por miedo a comisiones,
pienso que
pensarte
es dulce como tu voz
pero no hace
un minuto de belleza
y todos los micros, calles, apuntes,
peluches, canciones, películas,
libros, regalos, teatros
que hasta antes de ti eran
propios y serenos
ahora no son
por que tu no eres
y el teléfono de la casa no suena.

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