Podría
decirte tantas cosas
ahora
que tocas mi mano.
Que podría maldecir
no haberlo hecho antes,
Que siento que
esperé mas de una muerte
tu vida.
Y que en este instante
tan imprudente,
tan no pertinente
me crecen canciones
por todo el cuerpo.
Por los dedos que solo tocan a Dios
nos excederemos.
Intentaré una honestidad
que quizás surja y nos haga
bajarnos del bio bus.
¿Sientes como ladra la choco?
está en mi hombro,
ese que rozaste contra tu nariz.
Pero es que podría
contarme tan bien
sino fuera por la responsabilidad juvenil.
Sin embargo, el éter anega
las oficinas y los apuntes se manchan.
Eres tú.
Tan amable como desde existes,
respirada por el privilegio de mis ojos,
asfixiada por mi color.
Podria putear
la situación. Preguntar por qué
tuve recoger tus carpetas
y esperar inútil, una respuesta inteligente.
Ya que de no ser así,
para tomarte la mano entera y bien
habría sido suficiente.
Yacen los últimos rayos de sol
en tu semblante de nervios.
Sé que no podría
desviar con un beso el influjo
de tu mente.
Es lo bueno del no para qué.
Podría servir pero no sirve.
La belleza del amor es su improductividad.
Es la fotografía de lo eterno,
es lapidar al olvido que
devorará tantos cambios bipolares
de lo preparada que
podrías sentirte para contestar
y resucitar de vez en cuando
en tus próximas vidas
conmigo (muyojalá) o sin mí,
que te abrazé,
reclamaste mi mano,
y nos sentamos en el micro
a ser pequeñamente feliz.
El corazón escapa
de las oficinas, de la ciudadanía,
de los artículos, de los procedimientos,
de las comisiones, de las secretarías,
de los prejuicios, de los antes y los contra,
huye de ahi,
del sometimiento, de los deberes específicos,
de la música impasable, de la razón,
de los escombros, de los pajaros,
mientras nosotros, creo,
receptamos y nos hacemos
partícipes
de su fuga al núcleo de la verdad.
Esta verdad relativa
pero nuestra al fin,
no limitada
que es nosotros
desde las manos al corazón
la única unidad.
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