Te escucho.
Te miro
y no hago distinción
- aunque el derecho civil lo exija -
entre la música que me acaricias
entre mensajes privados
y estupideces de la mañana.
Te oígo.
Podría jurarlo.
Y me río de verdad
como cuando sé que tu risa
clandestinamente
ha sido estos días mi intensidad.
Te veo
y sé que no estoy
de lejanías ni antiguos cuentos.
¡ Hablas !
Que milagro es que hables
tanto rato
tanto
como hablo yo
y nos abducimos
de la pena de procesal,
de la falta de valor
para ver una pelicula solo,
de sacar el pegamento
de la pisadera de la escalera
para dejar las manos
ocupadas y no
matarte de abrazos,
no quemarte con mis sueños.
Lo único que sé
es
en definitiva
y no asi,
que si fuera perro
viviría en una silla,
que si fuera
profesor
aplaudiría tus arrebatos,
que si fuera
algo
te quitaria los nervios.
Pero te
escucho
te miro
y no hago distinción
te oigo y juro
te veo
¡y soy un perro!
y hablas
sobre todo hablas
mientras
yo sigo pensando
entre líneas
¿Podría morderte la cara?
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